domingo, 4 de septiembre de 2011

HISTORIA DEL HOSPITAL VÍCTOR LARCO HERRERA

LA HISTORIA DEL ENCIERRO
El albergue que atiende a las almas en vilo desde 1918

Domingo 4 de Setiembre del 2011

Víctor Larco Herrera (1870-1939) tenía dinero para gastarlo en lo que quisiera. Y él quiso gastarlo en los demás. Trujillano, político y empresario, su vocación filantrópica lo llevó a unirse a la Sociedad de Beneficencia de Lima Metropolitana.

Su historia está ligada a la del hospital que desde 1930 lleva su nombre porque él, desde su puesto en la Beneficencia y por su preocupación en mejorar las condiciones de la salud mental en el país -apoyó las propuestas de Hermilio Valdizán para desterrar los métodos usados en ese entonces en el tratamiento de los enfermos mentales-, por lo que donó los terrenos y cerca de dos millones de soles para su construcción, en el año 1918.

Se conoció primero con el nombre de Asilo Colonia de la Magdalena, y albergó a los pacientes del antiguo Hospicio de la Misericordia.

Además, contribuyó económicamente para establecer el Orfanato de Lima -hoy Puericultorio Pérez Araníbar-, y el Museo Arqueológico de Lima, cuya organización le confió a Horacio Urteaga.

Larco Herrera donó también el terreno donde se edificó el Club de la Unión y financió la construcción de la Plaza Dos de Mayo, las casonas que lo rodean y donó el monumento que engalana la plaza.

EL DIFÍCIL DÍA A DÍA
A décadas de su generoso aporte, las habitaciones del Larco Herrera pueden producir claustrofobia para quienes entran por primera vez. Sus diez pabellones, antiquísimos todos, necesitan ser remodelados o por lo menos refaccionados. Pero los presupuestos no alcanzan y la rehabilitación de los enfermos mentales no tiene la prioridad.

El doctor Edward Mandaré, director general del HVLH, cuenta que igual tratan de hacer del lugar un hogar decente para quienes lo habitan.

Algunos pacientes tienen hasta 50 años de permanencia en el psiquiátrico. “Son personas que no tienen familia, y si la tienen, estas se hacen los desentendidos”, dice, lo que genera que el hospital asuma costos que no le corresponderían en primera instancia.

Personas que están listas para regresar a las calles, pero que no tienen el apoyo necesario fuera del hospital, asumen su enfermedad como permanente y miran su nuevo hogar como destino final.

Fuente: EL COMERCIO